Trabajo híbrido: ¿oportunidad o problema?, por Alberto Haito

Por Alberto Haito, Director de Arellano Consultoría

Nos guste o no, el trabajo híbrido, o sea la combinación entre el trabajo remoto y el trabajo presencial, llegó para quedarse. Sin embargo, esta forma de trabajar, que debería generar productividad, ahorro y mayor satisfacción laboral, muchas veces genera todo lo contrario.

El problema se inicia cuando no se entiende que no hay una fórmula única y que se requiere adaptaciones según el tipo de empresa, el tipo de posición dentro de la empresa y la edad del trabajador.

Empecemos por el tipo de empresa. Las hay las que son susceptibles de mayor trabajo remoto, como aquellas cuyo producto es digital o que su infraestructura está en la nube, y las hay también las que requieren de mayor trabajo presencial, como aquellas que implican interacción física con el cliente o manejo de maquinaria. Es decir, el trabajo híbrido será de mayor o menor intensidad en unas que en otras.

También hay que considerar la posición dentro de la empresa. A efectos de un trabajo remoto son más afines quienes trabajan en áreas como Contabilidad, Recursos Humanos o Sistemas, entre otras. Y, a efectos de un trabajo presencial son más afines quienes trabajan en áreas como Producción, Mantenimiento o Ventas, entre otras.

Y, para terminar con este panorama, tenemos la diferencia generacional. Para la gente joven el trabajo remoto no es un privilegio, sino una condición básica, ya que valoran la autonomía y la calidad de vida siendo, incluso, el trabajo remoto una forma de atraer talento. Por el contrario, la generación mayor ve el trabajo remoto con escepticismo y no les es cómodo, ya que el lugar físico de trabajo les significa estructura, profesionalismo, un lugar de socialización, además de permitir la comunicación cara a cara.

Pues bien, como dijimos no hay una fórmula única y, más bien, lo importante es entender las necesidades por tipo de empresa, por posición dentro de la empresa y por perfil generacional. Luego de esto viene el diseñar una política lo más equitativa posible y comunicarla con claridad.


Por cierto, también se requiere un cambio en el estilo de liderazgo, pasando de una gestión basada en la supervisión y comunicación física a una basada en la confianza y resultados entregables.